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Todo don nace del
Espíritu, nace como servicio a los hermanos, como gracia que se derrama
sobre todos para el bien común.
Celebrar Pentecostés es celebrar la Iglesia que se pone en camino de
discipulado, que con alegría abre sus puertas para manifestar al mundo que
el Señor ha resucitado. Es celebrar que Dios es para todos, especialmente
para los más necesitados.
Así como vimos que en la Pascua el Señor nos corrió la piedra, así vemos
ahora cómo el Señor nos abre las puertas que, por miedo, habíamos cerrado.
Las abre para que nosotros, guiados por la fuerza del Espíritu, nos animemos
a salir. Una invitación al servicio, a derramar la alegría de Dios
Resucitado.
Una vocación de servicio que está inflamada por la llama del amor y el
compromiso. El amor y compromiso que las comunidades guías deben manifestar
al mundo… que como hermanos somos capaces de ir creando espacios de ternura
y libertad en medio de las dificultades que se nos presentan, donde es
posible estar en disponibilidad para el hermano.
Una comunidad que se deja llevar por el Espíritu es una comunidad que
irradia amor y compromiso y por la misma razón se vuelve invitación viviente
con el compromiso de vida. Ese Espíritu que nos recuerda el sentido profundo
del Movimiento, que nace y está puesto al servicio para construir un mundo
un poco mejor. Que nos vuelve capaces de descubrir las realidades de nuestro
tiempo y, con la sabiduría que nos viene de Dios, poder hacer las cosas para
el bien de todos.
Por eso, celebrar Pentecostés es alegrarnos, porque celebramos una Iglesia
de puertas abiertas y compromiso con todos.
Fr. Carlos Gómez, O de M
Capellán Mundial

Pentecôte
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