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Al clarear del domingo las mujeres fueron al sepulcro, iban a cumplir con lo
que su corazón les decía, iban a dar una sepultura digna a aquel que había
encendido en sus corazones la ilusión y la esperanza de una vida nueva, de
que Dios los tenía en cuenta.
Sabedoras de la dificultad de poder mover la piedra se preguntaban cómo
hacer, quién las ayudaría, pero eso no impedía que siguieran caminando,
porque cuando el corazón tiene fuerzas, nada lo detiene; cuando el amor es
verdadero, no hay piedra que pueda impedir su llegada.
Pero Dios siempre tiene la iniciativa y va mucho más allá de lo que nosotros
nos animamos a esperar o desear, porque nos ama tanto que no tiene reparo en
darse totalmente.
Con gran sorpresa las mujeres se encuentran con la piedra removida, Dios se
hizo cargo. Cuántas piedras pesadas tenemos nosotros que remover en nuestro
corazón, en nuestra sociedad. Si ofreciéramos nuestra vida, si abriéramos
nuestro interior, Dios podría obrar el milagro de mover nuestras pesadas
piedras.
El grupo de mujeres no comprende todavía lo que ocurre. Encuentran allí a un
joven y sin descubrir que se trata de un ángel, le preguntan: Si te lo has
llevado, dinos dónde lo has puesto. Qué grande es este amor de las mujeres
que no tienen miedo de vencer el obstáculo cultural y se atreven a hablar
con este extraño, porque el amor todo lo puede. El joven les responde: “¿Por
qué buscan entre los muertos al que está vivo? Ha resucitado”
El corazón de las mujeres da un vuelco, de repente se les abre la mente, no
hay obstáculos y recuerdan todo lo que el Señor les había enseñado y son
capaces de comprender... En ese instante, comprendieron todo lo que Jesús
les fue diciendo a lo largo de esos años: que la esperanza tiene sentido,
que el amor vence todo, que la vida triunfa sobre la muerte... Comprendieron
que Jesús había resucitado.
Y no pueden dejar de anunciarlo, corren emocionadas a dar la buena noticia,
las discípulas hacen el anuncio gozoso del Evangelio, aquél que nunca ha
dejado de resonar en la Iglesia, en el corazón de cada uno, lo central de
nuestra fe: Cristo ha resucitado.
Hoy también nosotros debemos ser como las mujeres, anunciadores gozosos del
Evangelio.
¡Felices Pascuas!
P. Carlos Gómez, O de M
Capellán Mundial

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