Conferencia Internacional Católica del GuidismoReconciliación - Lucas 11, 14-26 |
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1, 18-24]
| 9 de octubre 1998 |
Lucas 11, 14-26
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Un día estaba Jesús expulsando un demonio que había dejado mudo a un hombre. Cuando salió el demonio, el mudo recobró el habla, y la gente quedó maravillada. Pero algunos dijeron:
-Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios.
Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo. Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
-Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras. Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Pues eso es lo que vosotros decís: que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú. Ahora bien, sí yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus despojos. El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares áridos buscando descanso y, al no encontrarlo, se dice: Volveré a mi casa de donde salí. Al llegar, la encuentra barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí; de modo que la situación final de este hombre es peor que la del principio.
| Meditación |
by Jean Debruynne
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Jesús expulsa un demonio mudo.
El demonio se pone a hablar y la gente se maravilla.
Expulsar demonios no es forzosamente algo extraordinario, milagroso, que causa un gran efecto. No es magia.
Aquí, Jesús expulsa un demonio mudo.
Ustedes saben que hay muchos niños, adolescentes, que no se atreven a hablar, y a menudo se ve que se callan. ¿Cuántos niños hay que se quedan en silencio porque nunca nadie se toma el trabajo y el tiempo de escucharles? Hace falta mucha presencia y atención para que lleguen a atreverse a hablar. Son demonios que hay que expulsar. ¡Cuántas familias y pueblos están mudos porque nunca se les da derecho a la palabra!
El trabajo de la reconciliación pasa por el camino de la escucha: escuchar al otro, devolverle la palabra que le han robado. Tiene derecho a la palabra y su palabra es tan importante como la de otro. La palabra del niño es tan importante como la de un rey. Era la convicción profunda de Baden-Powell cuando fundó el escultismo.
Jesús dice: Escuchad a los niños, dejadlos venir en medio de nosotros.
Lo maravilloso es que el que creía que no sabía hablar descubre que puede hablar, que existe. Cada vez que hacen Vds. un trabajo así, expulsan demonios, el demonio que encierra, que condena a la soledad. El trabajo de la educación es expulsar demonios. Educar es hacer personas libres.
Entonces en el séquito de Jesús se empieza a hablar mal, a murmurar. Dicen: si expulsa los demonios es porque él es amigo del demonio; y Jesús responde: si soy amigo del demonio y lo expulso, el demonio está perdido porque combate contra sí mismo. Él mismo se pierde.
El mal está siempre de acuerdo consigo mismo. Los que hacen la guerra están siempre de acuerdo con la guerra. Los que quieren matar están siempre de acuerdo para matar. Pero los que quieren la paz, ¿son capaces de querer la paz? Ahora bien, si es verdad que los demonios, los males, si se dividen van a la ruina, también es verdad para la paz. Si todos los que quieren la paz no la construyen juntos, no se hará más que crear nuevas ruinas, no se hará más que crear desiertos.
Y Jesús dice: si yo expulso los demonios por el poder de Dios, entonces el Reino de Dios acaba de llegar. Vds. se dan cuenta de que Jesús no razona como nosotros. Hubiéramos dicho: si soy capaz de expulsar los demonios, yo soy el más fuerte.
Jesús, hijo de Dios, Dios Él mismo, no conduce a todos a sí, conduce todo a su Padre y Jesús dice que la paz es un regalo, que la reconciliación es un regalo de Dios.
No somos nosotros los amos del mundo. Yo no soy el dueño de la paz. Yo no soy el que lo sabe todo. Yo soy el servidor de la Paz. La Paz es un nombre de Dios. Lo cual quiere decir que la ternura de Dios está con nosotros. Él ha venido a decirnos todo su amor.
La reconciliación supone que uno ve más allá de sí mismo, que sale de su universo para recibir, para descubrir. No quiere decir que soy el más fuerte. Quiere decir que Dios nos ama.
Cuando el hombre fuerte con sus armas guarda su palacio, está seguro, pero si llega un hombre más fuerte que él, le toma sus armas y le quita todos sus bienes.
Así que tenemos que preguntarnos cómo es uno el más fuerte. Incluso si tengo todas las armas, hay otros que tendrán más que yo. Entonces ¿dónde puedo poner mi confianza? Si Vds. miran bien al interior de sí mismos, ven claro que son Vds. a la vez su amigo y su enemigo, el que quiere el día y la noche, el que reclama el sol y reclama la lluvia.
Cada uno y cada una estamos en conflicto con nosotros mismos.
A menudo nos decimos que la mejor arma es salvar las apariencias, mientras por dentro estamos llenos de ruidos. Yo no puedo hacerme la guerra a mí mismo. No puedo hacerme callar. Toda mi vida estoy llamado a vivir conmigo mismo sin condenarme, sin despreciarme, sin humillarme constantemente. Cada vez que nos humillamos, es a Dios a quien humillamos. Es Dios quien me hace, quien me crea, quien me da la vida. Respetarse es respetar a Dios. Aceptarse como uno es, es sentir con Dios. Si yo combato contra mí, me va a suceder lo que a este hombre de "Lucas". Tendré siempre la impresión de que nunca saldré de ahí.
Cuando nos toca con el más fuerte, no vale la pena arriesgarse. Hay que negociar.
Es necesario que acepte perder un poco.
No puedo regirlo todo, dirigirlo todo.
Estoy con otros en el reparto.
No es en las armas donde hay que poner la confianza. Dios no es la guerra. Dios es la paz, porque es el amor.
El Evangelio cuenta una última historia, la de un hombre habitado por el espíritu impuro.
A su llegada encuentra la casa barrida y ordenada. Eso quiere decir que para encontrar su sitio, la guerra necesita el barullo, el desorden.
Sembrar el conflicto es sembrar la división. El espíritu malo vuelve con otros siete y arman el desbarajuste, y como resultado el estado de ese hombre es mucho peor que era antes.
Lo contrario del desorden, del barullo, es el diálogo, es no perder nunca el contacto, no expulsar a nadie de nuestra casa. Nunca es una solución decir a una Guía: tú no vales nada, no te lo mereces, vete.
El Guidismo está hecho para las que no saben, las que no alcanzan. Díganlo claro a sus jefas: sólo puede existir la paz si los pobres tienen su sitio entre nosotros.
Para la vista, para la apariencia, es mejor si las Guías son de familias ricas, para el Evangelio, no hay paz si no están los pobres. Son los pobres, y no los más fuertes, los que vencen al mundo y nos traen la paz.
Reconciliarse es ante todo reconciliarse con los pobres y quizá el primero de los pobres soy yo mismo. Y quizá comenzaré a reconciliarme conmigo mismo. La reconciliación será siempre un camino de pobres.