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Estamos
a un paso de la Navidad y quería centrarme en esta mujer, en María, para
devolverle casi como eco lo que ella canta y nos transmite en el Magnificat.
María, también mi alma canta la grandeza del Señor, porque descubro tu
pequeñez y tu grandeza, tu bondad infinita, porque te has hecho servidora,
porque has dado tu vida a Dios, sin condiciones, como entrega amorosa.
Porque has sido fiel en el compromiso eres ejemplo y guía para nuestra
fidelidad y nuestro servicio. Por eso te alabamos, te llamamos dichosa y
queremos que esa alegría se adentre en nuestros corazones porque nos
muestras que Dios es Santo y que la santidad es posible. Nos enseñas a
descubrir la misericordia de Dios, presente en el transcurso de nuestra
vida. Esa misericordia que se extiende de generación en generación, de un
Dios que no ve con buenos ojos la soberbia de los poderosos, que tiene
preferencia por los pobres y los humildes. Que no desea que nuestro corazón
se llene de orgullo y prepotencia sino que espera la entrega generosa al
servicio de los hermanos.
María, eso nos lo enseñas con tu vida, nos muestras un Dios que es
consecuente con su promesa, que nunca nos deja solos ni nos olvida. Nos
invitas también a ser fieles a nuestra promesa, a recordar el compromiso
asumido, a seguir caminando hacia Belén, al encuentro de Tu Hijo.
P.Carlos Gómez O de M


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