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La
«primavera
galilea
» del
discipulado
«Rebajas»
para atraer seguidores
Dolores
Aleixandre, rscj
«Disfrute desde ahora de su compra, ya pagará más adelante». Imaginemos
lo que ocurriría si aplicáramos este slogan publicitario al proceso
de atraer discípulos al seguimiento de Jesús. De entrada, les animaríamos a
gozar cuanto antes de sus ventajas y les presentaríamos los aspectos más
amables del discipulado, como quien aconseja a un alpinista novato que
emprenda la escalada del monte no por lo más difícil, sino por su «cara
sur».
Es verdad que la táctica de Jesús que aparece en el Evangelio parece más
bien la contraria: los llamados por él tenían que abandonarlo todo, y a los
que pretendían seguirle les hablaba de una vida a la intemperie, sin tener
siquiera dónde reclinar la cabeza (Lc 9,53). Sin embargo, a aquellos dos
primeros que se fueron con él algo debió de «engancharles» aquel día (serían
las cuatro de la tarde...), porque decidieron quedarse con aquel
desconocido al que habían seguido casi sin pensarlo (Jn 1, 35-39).
A veces trato de imaginar lo que ocurrió en aquellos primeros momentos, qué
estrategias emplearía Jesús para, sin forzar su libertad, retener a los que
había llamado; para que a Pedro, Andrés, Santiago o Leví les siguiera
«compensando» seguir con él y no se volvieran a la rutina de sus barcas o de
su telonio.
¿Qué «marca positiva» dejó en ellos, y en otros muchos personajes del
Evangelio, el primer encuentro con Jesús? No todos tomaron partido por él
desde el comienzo. Cuando Nicodemo, por ejemplo, le visitó de noche, debió
de salir más atormentado de dudas de lo que había llegado: al final del
texto, ya sólo habla Jesús, mientras que Nicodemo, mudo, sale de escena
sigilosamente (Jn 3,1-21). Pero volvemos a encontrarle de nuevo, en pleno
día, tomando postura a favor de Jesús en el sanedrín (Jn 7,51) y,
finalmente, en el Calvario, afrontando el riesgo de manifestarse
abiertamente de parte de un ajusticiado (Jn 19,38-39)1. Aquella
primera conversación, al parecer infructuosa, había dejado en él su huella.
¿Qué poderosa marca de libertad y de alegría debió de tatuar también a
Zaqueo después de aquella cena compartida (Lc 19,1-10) para que, a la mañana
siguiente, no se arrepintiera de haber tirado la casa por la ventana,
atribuyéndolo al buen vino de la cena y a la presencia perturbadora del que
se había invitado a su casa?
¿Y Marta? ¿No bendeciría el reto de Jesús que la liberó de su activismo
febril y la inició en una manera de vivir y trabajar con sosiego, dando
prioridad a la escucha de la Palabra? (Lc 10,38-42).
Las parábolas pudieron funcionar también como un anzuelo con el que Jesús
«pescaba» a quienes las escuchaban: su peculiar sabiduría les sacaba a
respirar otro aire, en un intento de que la anterior atmósfera en que se
movían les resultara ya irrespirable. Al oírlas, algunos debían de sentirse
empujados más allá de los límites que se habían impuesto, desbordados por
algo insólito. En aquellas historias que contaba Jesús, lo extraordinario
rozaba su existencia, como un cometa que ilumina con su órbita de luz otro
planeta oscuro, y lo «razonable» quedaba desafiado por extrañas propuestas
que, como una epifanía, rompían su horizonte estrecho y dejaban entrever,
como detrás de las rejas de una celosía, posibilidades apasionantes e
inéditas2.
Algo parecido le ocurrió a Bartimeo (Mc 10, 46-52), acurrucado como nosotros
en la cuneta de esa mentalidad que calificamos de «sensatez» y «realismo».
Cuando escuchó el ¡Ánimo, levántate! con que le llamaba Jesús, dio un
salto y tiró como inservible el manto de su vieja mentalidad. Ahora,
convertido en discípulo, subía a Jerusalén detrás de alguien que había hecho
emerger dimensiones desconocidas de su persona y había marcado para siempre
sus ojos con el resplandor de una luz deslumbradora.
Esa misma tarea de iluminar cegueras era la que debía de intentar Jesús con
los suyos cuando, a solas con ellos, les explicaba las parábolas: «Imaginad
que sois del grupo de los contratados por el amo de la viña a última hora y
que habéis recibido el mismo salario que los que se han pasado el día
trabajando. Al día siguiente, ¿no llegaríais mucho más temprano que los
demás, no para acumular méritos, sino por puro agradecimiento, porque la
bondad del amo os había atrapado en su espiral de gratuidad?». Y la novedad
de esa reacción hacía parecer mezquino lo que más de uno (y nosotros
probablemente) murmuraba en su interior: «Si yo hubiera sido de los que
ganaron un denario habiendo trabajado sólo una hora, al día siguiente, y en
vista de que no peligraba mi salario y que el amo era tan generoso, llegaría
lo más tarde posible...»
Inexplicablemente,
Jesús, que tantas veces se expresaba desde un realismo lúcido e incluso a
veces con una sombra de pesimismo («no se fiaba de los hombres, porque
sabía lo que hay en el hombre»: Jn 2,25), parecía estar a la vez
habitado por una confianza sin límites en la capacidad de reacción del
corazón humano y, como si no hubiera perdido la ingenuidad de los niños, se
atrevía a plantear modos utópicos de comportamiento3. Aquellas
narraciones suyas, bajo su apariencia de sencilla cotidianeidad, encerraban
un poderoso potencial transformador: «A quienes las recibieron
–podríamos decir, glosando el prólogo de Juan– les dio poder para
convertirse en discípulos...». En ellas latía la oferta de irse
transfigurando a imagen del Maestro, de ir coincidiendo, aunque fuera
trabajosamente, con la manera de pensar y vivir del que las pronunciaba. Y
cuando lo conseguía (y ése era su mayor milagro), era como si aconteciera de
nuevo el Éxodo: alguien escapaba de la esclavitud de la lógica plana, dejaba
atrás la orilla de las rancias sentencias del refranero («Que cada palo
aguante su vela»; «Quien da pan a perro ajeno pierde pan y pierde perro...»;
«Cría cuervos, y te sacarán los ojos...»; «Que cada cual arrime el ascua a
su sardina...») y se adentraba en la tierra de la gratuidad y del amor sin
orillas.
Contemplar,
aunque sea de lejos, esa tierra que se divisa en el horizonte tiene el poder
de despertar y movilizar nuestros deseos, porque ¿quién no soñaría con vivir
contagiado de una gran confianza, liberado del
ansia de medir y controlar, familiarizado con las insólitas
costumbres de Dios, habitado por una extraña alegría?
Ésos son algunos de los rasgos de la «primavera galilea» del discipulado,
abierta a todo el que quiera vivir y respirar:
CONTAGIADO
de la gran confianza de Jesús
En el evangelio
de Marcos, las dificultades y las resistencias ante Jesús y su anuncio del
Reino comienzan casi desde los inicios: «Estaban allí sentados algunos
escribas pensando para sus adentros: ¿Por qué habla este así? Blasfema»
(2,6). Siguen las críticas porque Jesús come en casa de Leví (2,16), porque
no ayuna (2,18), porque sus discípulos arrancan espigas en sábado (2,24),
porque cura al hombre de la mano paralizada (3,6), porque expulsa demonios
(3,30)... Sin un acento tan acusado, también Mateo y Lucas reflejan ese
trasfondo sombrío de hostigamiento y crítica.
Podemos suponer el desconcierto de sus discípulos ante ello, y su
decepción al ir constatando que el avance del Reino no seguía la trayectoria
triunfal que parecían prometer los orígenes. ¿Por qué la Palabra no se abría
camino? ¿Por qué Jesús suscitaba tanta oposición? ¿No se habría equivocado
al elegir un grupo tan pequeño y poco significativo? La ansiedad, la
preocupación y un cierto desánimo debieron de minar su confianza inicial, y
es a esos sentimientos a los que podrían ir dirigidas las parábolas del
sembrador (Mc 4,1-20), de la mostaza y la levadura (Mc 4,30-32; Mt 13,33) y
de la cizaña (Mt 13,24-30).
Al pronunciarlas, Jesús se muestra investido de la convicción profética de
que la Palabra es irresistible (Jr 23,29; Is 55,10), de que, más allá de los
fracasos (pájaros que se comen la semilla, piedras que no la dejan crecer,
espinas o cardos que la ahogan...), cuando encuentra buena tierra produce
una cosecha tan espléndida que desborda todas las expectativas4. Es verdad
que crece mezclada con la cizaña, pero el dueño del campo no se preocupa y,
a diferencia de los que quieren arrancar la cizaña, permanece tranquilo,
seguro de que la simiente sembrada es buena y de que el trigo acabará
llenando su granero en el momento oportuno.
Y aunque los comienzos estén siendo insignificantes, ¿no lo son
también un granito de mostaza o una pizca de levadura? (Mc 4,30-32; Lc
13,20-21). Hay que confiarse a su fuerza y adelantarse a contemplar su
desenlace: un gran árbol en el que se cobijarán los pájaros, una masa de pan
henchida que, al salir del horno, saciará el hambre de muchos.
Al discípulo que «da crédito» a esta gran confianza no se le promete que
estará a salvo de fracasos y derrotas: seguirá sometido a «leyes de gravedad
frustrante» y deberá aceptar que el futuro constatable será siempre inferior
al soñado, el resultado menor que el esfuerzo invertido, y cada avance,
acompañado de nuevas dificultades, estará siempre amenazado de degradarse a
situaciones antiguas que se creían superadas. Pero es precisamente ahí
cuando «tiene gracia» no perder el ánimo y cuando empieza a
«funcionar» la gran confianza que contagia Jesús5.
En la película Zorba el Griego, inspirada en la novela de
Kazanzakis, en la escena en que se derrumba la mina en la que habían
empleado todos sus recursos, y en plena situación de desolación y de
fracaso, Zorba (un espléndido Anthony Quinn) se pone a bailar el sirtaki.
¿No estaremos necesitando en este momento en la Iglesia, junto a la lucidez
crítica de los analistas, más discípulos que bailen el sirtaki?
LIBERADO del
ansia de medir y controlar
Como las parábolas cambian mucho según el título que les pongamos, desde
que empecé a leer la de «la semilla que crece por sí misma» (Mc 4,26-29)
como la del «labrador paciente», este personaje se ha convertido para mí en
un maestro de sabiduría y discernimiento.
«Miren a
ese hombre, parece decir Jesús: actúa y decide intervenir justo en el
momento que le corresponde: “siembra” la semilla y, al final, “mete
la hoz” cuando llega el momento de la siega. Pero sabe que hay un
periodo de tiempo en el que a él no le toca hacer nada, sino que es la
tierra la que “por sí misma” hace que la semilla germine y crezca y
dé fruto. Y todo eso acontece “sin que él sepa cómo”, mientras él “duerme
y se levanta” tranquilamente, sin empeñarse en dirigir unos ritmos que
escapan a su control».
Seguimos
teniendo como asignatura pendiente el discernir cuándo toca estar activos y
diligentes en las tareas del Reino y cuándo pacientes y pasivos; cuándo es
tiempo de arrimar el hombro y cuándo los otros agradecerían que nos
quitásemos de en medio; cuándo la situación requiere estar vigilantes e
intervenir, y cuándo lo único que podemos hacer es «echarnos a dormir»;
cuándo toca analizar y detectar causas y cuándo encajar incapacidades e
ignorancias y reconocer que no lo sabemos todo y que hay muchos porqués y
cómos que se nos van a seguir escapando. El discípulo que «aprueba» esa
asignatura es el que, después de hacer buenamente lo que estaba en su mano,
se queda tranquilo, sabiendo que el proceso que Dios mismo ha puesto en
marcha hará que la semilla continúe creciendo durante la noche, mientras él
duerme.
Difícil
sabiduría, ésta de acertar con la alternancia entre instante y duración,
entre alternancia y continuidad; y eso que nuestra corporalidad es
una buena maestra que trata de enseñárnosla cada día, cuando el sueño nos
reclama interrumpir toda actividad consciente.
FAMILIARIZADO con las insólitas costumbres de Dios
No debió de ser fácil para los discípulos
acostumbrarse a las imágenes sorprendentes que empleaba Jesús en sus
parábolas para hablar de su Padre: un Dios desprovisto de los atributos
propios de la divinidad (inmutabilidad, equidistancia, impasibilidad...) y
dominado, en cambio, por emociones propias de los humanos: la misma
inquietud y ansiedad de un poseedor codicioso, ávido de guardar lo que le
pertenece (una oveja, una moneda...), sin soportar la más mínima disminución
en sus haberes y dejando su alegría a merced de si encuentra o no lo perdido
(Lc 15).
Un padre alterado e inquieto, que descuida los asuntos de la casa y siempre
está fuera de ella, esperando o buscando, como alguien descentrado y
des-quiciado (Lc 15,11-32).
Un rey sin poder ni autoridad, incapaz de convencer a sus invitados,
demasiado expuesto a la decepción y al fracaso ante el rechazo de su
banquete, asombrosamente contento de sentar a su mesa a la gente de los
caminos (Mt 22,2-14; Lc 14,16-24).
Un inversor temerario y precipitado que corre el riesgo de repartir su
hacienda, sus talentos o su administración entre quienes no le ofrecían
suficiente garantía de gestionarlos bien (Lc 15,12; Mt 25,14-30; Lc 16,1-8).
Un terrateniente débil, paciente en exceso y fluctuante en sus decisiones,
que tan pronto se niega a escuchar a los siervos que le aconsejan arrancar
la cizaña (Mt 13,24-30) como se deja convencer por el hortelano para no
cortar la higuera que no daba fruto (Lc 13,6-9).
Un amo de comportamiento impredecible y cálculos erráticos, que recompensa
incomprensiblemente a los que menos sudores y tiempo han gastado en su viña
(Mt 20,1-16).
Un observador parcial, con los ojos puestos donde casi nadie mira: las
cunetas de los caminos (Lc 10,30), el umbral en el que yace Lázaro (Lc
16,20), los lugares donde los más débiles son maltratados por los fuertes
(Mt 24,49)...
Eran imágenes a las que sus discípulos no estaban acostumbrados y por eso
el Maestro necesitó mucho tiempo y mucha paciente insistencia para desalojar
las viejas ideas que poblaban su imaginario. Tenían que consentir que Dios
estuviera más allá de lo que pensaban sobre Él, se abriera paso en sus
corazones y les revelara quiénes eran para Él:
«Son una tierra sembrada de semillas destinadas a dar fruto (Mc 4,3-9), y
existen en ustedes brotes de vida que la mirada del Padre descubre (Mc
13,28-29). Lo que Él ha sembrado en su tierra posee tal dinamismo de
crecimiento, que germina y crece más allá de vuestro control (Mc 4,26-29).
No anden preocupados por la mezcla de cizaña que hay en su vida; lo que a su
Padre le importa es todo lo bueno que ha sembrado en su corazón (Mc
13,24-30).
Es verdad que son pequeños e insignificantes
como un granito de mostaza; pero esa pequeñez esconde una fuerza capaz de
transformarse en un gran árbol en el que vengan a posarse los pájaros (Mc
4,30-32). Quizá lleguen a la sala del banquete andrajosos y polvorientos,
pero son comensales invitados y deseados, y el Rey que los ha invitado los
espera con la mesa puesta (Mt 22,1-14). Alégrense de poseer talentos y
recursos que invertir (Mt 25,14-30); están a tiempo de hacerse amigos de
quienes van a abrirles las eternas moradas (Lc 16,9), porque tienen entre
las manos aquello en lo que se lo juegan todo: pan, agua, techo, vestido
compartidos con quienes carecen de ello (Mt 25,32-46). Lo propio de ustedes
es perderse (Lc 15,3), alejarse (Lc 15,11-32), dormirse (Mt 25,1-13),
endurecer su corazón (Mt 18,23-35), endeudarse (Lc 7,41-43)..., pero Alguien
cree en la capacidad de ustedes de dejarse encontrar y volver a casa, estar
en vela, ser misericordiosos, convertir en amor sus deudas. Y si los desea,
persigue, busca y espera tanto, es porque son valiosos a sus ojos».
Esos nombres que les bautizaban con su novedad son también los nuestros. Y
el Evangelio nos los sigue entregando, como aquella piedrecita blanca del
Apocalipsis (2,17) en la que está grabada nuestra verdadera identidad.
HABITADO por una extraña alegría
He hecho muchas veces la prueba de iniciar la parábola
del tesoro e irla completando en grupo. Todo el mundo se acuerda de cómo
empieza: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un
campo...», y también del hombre que lo encuentra y se va corriendo a
venderlo todo para comprar el campo. Cuando digo: «Falta algo», empiezan los
detalles, unos reales y otros pintorescos: que lo volvió a esconder, que
estaba cavando, que el tesoro estaba en un cofre... Salvo rarísima excepción,
nadie se acuerda de la frase sobre la que pivota la parábola y que pone en
marcha todo su dinamismo: «...y por la alegría».
Me pregunto qué es lo que ha pasado a lo largo de veinte siglos de
predicación y catequesis para que nos haya quedado tan claro lo de
renunciar, sacrificar, abstenerse, tomar la ceniza y dirigirse a Dios
pidiéndole: «No estés eternamente enojado...», mientras que la alegría se
queda arrinconada en los márgenes, como una virtud menor y prescindible.
Es verdad
que para acceder a ella hay que aceptar su peculiar «cortejo»: viene
acompañada de la desmesura: «Entra en el gozo de tu señor», dice el
amo de la parábola de los talentos a los dos empleados que habían negociado
con ellos (Mt 25,21.23). ¿Qué clase de gozo es ese que no cabe dentro de uno
mismo, sino que hay que introducirse en él, como quien se sumerge en el mar?
Otra de sus rarezas es que se entrega en proporción inversa a las
posesiones, precisamente al revés de lo que nos empeñamos en creer; y para
comprobarlo no hay más que comparar las trayectorias del joven rico y de
Zaqueo: el primero, a pesar de que se quedó con todo lo que tenía, se alejó
de Jesús invadido por la tristeza (Lc 18,18-23); el segundo, en cambio,
después de hacer aquella «declaración de hacienda» que dejaba sus finanzas
heridas de muerte, estaba contentísimo.
Pero el componente más extraño de la alegría que Jesús prometía era,
evidentemente, el de sus «contextos oscuros»,” y debieron de experimentarlo
más tarde, cuando, después de ser azotados en el tribunal, «se marcharon
contentos de haber sido considerados dignos de sufrir desprecios por Su
nombre» (Hch 5,41).
No era
una alegría que hubieran conquistado ellos; era la marca que iba dejando en
sus vidas la cercanía del que llevaría también en su cuerpo las marcas de su
amor sin límites. Antes que ellos, Jacob caminaba cojeando después de luchar
con Dios en el Yabbok (Gn 32,31), a Moisés le resplandecía el rostro cuando
salía de la tienda del encuentro (Ex 35,29), y Jeremías sentía la Palabra
como un fuego encerrado en sus huesos (Jr 20,9). Algo de eso les había
ocurrido a ellos: se habían acostumbrado a vivir a la sombra del Maestro, a
mirar la vida con sus ojos, a escucharle hablar de Dios como antes nadie les
había hablado. Sentían que podían confiar perdidamente en él y que, sin
saber bien cómo, sus vidas estaban a salvo a su lado.
Por eso, cuando les preguntó si querían irse de su lado, y muchos se
marcharon, ellos decidieron quedarse con él, aunque eran conscientes de que
volverían a asaltarles el desconcierto y las dudas y que seguirían
sintiéndose incapaces de saltar de alegría si llegaban las persecuciones, de
entrar por la puerta estrecha, o de amar hasta dar la vida.
No,
no era precisamente una existencia plácida y tranquila la que Jesús prometía
a los que permanecieran junto a él.
Pero ninguno de ellos (¿tampoco nosotros?) la habría cambiado por ninguna
otra en el mundo.
Sal
Terrae 94 (2006) 29-38
-
J.M.
Martín Moreno, Personajes
del cuarto Evangelio, Biblioteca Teológica Universidad Comillas –
Desclée, Madrid/Bilbao 2002, 99-112.
-
W.
Harnisch, Las parábolas de
Jesús, Sígueme, Salamanca 1989, 170ss
-
J.I.
González Faus, «La “filosofía
de la vida” de Jesús de Nazaret»: Sal Terrae 76/4 (Abril 1988)
275-289.
-
La
estructura de la parábola presenta dos partes, aunque proceda en cuatro
tiempos. La primera parte agrupa los fracasos y dificultades, mientras que
la segunda, que se deja para el final, según las leyes de la retórica,
presenta enfáticamente la fecundidad desbordante de la semilla que cae en
tierra buena.
Gramsci, desde la cárcel, escribía: «Estoy convencido de que, incluso
cuando todo está o parece perdido, hay que volver a ponerse a trabajar
tranquilamente, volviendo a empezar por el principio» (Citado
por R. Díaz Salazar,
Justicia global. Las alternativas de los movimientos de Porto Alegre,
Icaria Editorial – Intermón Oxfam, Barcelona 2002, p.83).
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