Un gato en un piso vacío
Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido, pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.
Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.
Hay algo aquí que no empieza a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue e insistentemente no está.
Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.
Ya verá cuando regrese, ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar de que eso no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia él como si no quisiera, despacito, con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.
(traducción de Abel A. Murcia Soriano)
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El
ocaso del siglo
(HOMBRES EN EL PUENTE, 1986)
Tenía que ser mejor que los anteriores, nuestro siglo XX.
Ya no esta a tiempo de demostrarlo,
tiene los años contados,
andar vacilante,
respiración corta.
Han sucedido demasiadas cosas
que no debieron suceder,
y lo que tenía que llegar
no ha llegado.
Tenía que estallar la primavera
y, entre otras cosas, la felicidad.
El miedo tenía que abandonar valles y montañas.
La verdad tenía que ser más veloz que la mentira
en alcanzar el blanco.
Algunos desastres
no debieron repetirse,
por ejemplo la guerra,
el hambre, etcétera.
Tenía que respetarse
la indefensión de los indefensos,
la confianza y cosas por el estilo.
Quien deseaba complacerse en este mundo
se enfrenta a una hazaña irrealizable.
La estupidez no es ridícula.
La sabiduría no es alegre.
La esperanza
dejó de ser una muchacha,
etcétera, por desgracia.
Dios tenía que confiar, por fin, en el hombre
bueno y fuerte,
pero un bueno y un fuerte
siguen siendo dos hombres.
Como vivir, me preguntó por carta alguien
a quien yo pensaba formular
la misma pregunta.
De nuevo y como siempre,
según lo dicho anteriormente,
no hay preguntas más apremiantes
que las preguntas ingenuas.
(Versión de Jerzy Skvomirsky y Ana María Moix)
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